Definitivamente ya intenté muchas veces comenzar este texto. Sin embargo, a cada oportunidad en que me aventuraba a escribir unas pocas líneas, alguna falta de inspiración –o falta de palabras- me dejaba sin oxígeno para plasmar las ideas que fáciles, acostumbran llegar a mi cabeza en los momentos de tranquilidad, como mariposas que se detienen sobre las plantas en los días de poco viento.
No sé si todas las personas tienen la costumbre de analizar las circunstancias, las miradas, las lecturas. Ignoro si todos tienen el tiempo y la paciencia de ejercitar la mente tan cargada ya de innúmeros datos densos del día a día. Al menos, sé que muchos procuran evitar pensar, pues sus reflexiones están agitadas con preocupaciones económicas, familiares o personales.
Debo decir, ya que éste es un escrito más íntimo y personal, que el karma siempre sabe hacer lo mejor para cada uno. Recuerdo que durante mis años como miembro activo de Legión Azul, vivir a una enorme distancia de todo me hacía pasar horas en el ómnibus, tanto de ida y de venida, sin más compañía que el tránsito, el cansancio, y mis pensamientos. Así como cuando un estímulo sensorial es tan fuerte que el sentido envuelto se autobloquea para evitar daños, también yo me alejaba del mundo refugiándome en mis reflexiones. Reflexiones que partían de comparar las cosas simples del cotidiano acontecer con el conocimiento esotérico, que poco a poco iba calando en mí como un suero de reanimación.
En ese entonces abordé muchos asuntos en mis intensos debates interiores. Desde entender cómo una hormiga es igual a un ángel según uno de los principios del Kybalión hasta conciliar la teoría de la reencarnación con la resurrección de Cristo. Pasé a ver bajo otro cristal los relatos que mis abuelos contaban sobre sus encuentros con duendes y almas durante su infancia campesina en la sierra, y mi sensación de soledad, tantos años alimentada, fue disipándose a medida que conocía sobre el fenómeno índigo.
Tanto es así que me animé a crear un blog que se llamaba “Reflexiones en el Bús”. El título no deja de sonar gracioso para muchas personas, incluyéndome, pero creo que otro nombre no hubiera sido tan exacto como éste. Debo reconocer también, que aunque es un proyecto que quiero alimentar, la falta de tiempo para redactar con calma mayor cantidad de artículos ha hecho con que últimamente el site no tenga nada nuevo para ofrecer.
Pero volvamos a este momento. Ahora son otras situaciones y no vivo ya a enormes distancias de mi destino. Estoy al otro lado del continente y las ciudades aquí al norte de Río de Janeiro son pequeñas y más fáciles de transitar. Con todo, la necesidad de traer algo de las verdades fundamentales a la vida cotidiana se mantiene constante, dando lugar a nuevos, pequeños y felices descubrimientos que alegran el corazón y relajan la mente. Hoy, como un pequeño presente, quiero compartir la claridad con que vi respondidas una de mis enormes dudas. La respuesta obvia y fácil que en mi debilidad humana, no conseguía distinguir.
LA DUDA
Tal vez porque nací bajo el signo solar de escorpión –lo cual me confiere una naturaleza extremista, que busca morir para renacer-, tal vez por mi a veces poco flexible modo de pensar, es que no conseguía comprender cómo seguir un camino trascendente y espiritual sin dejar de cumplir mis obligaciones de cada día. Muchas veces tenía ganas de dejarlo todo y lanzarme a las calles a ayudar a otros en un intento desesperado de cambiar las cosas a mi alrededor, y en otros momentos las tareas diarias de la universidad o el trabajo me aturdían a tal punto en su monotonía, que no conseguía hacer nada correctamente.
Puede llamarse idealismo, falta de orientación, emotividad, impaciencia, soberbia o radicalismo, y probablemente era un poco de cada uno. Sin embargo, comparto en líneas estas experiencias por la certeza de que existen muchos otros que pasan por las mismas tormentas interiores. Escuchar a alguien que en medio del barullo encontró un poco de calma es siempre alentador.
Conscientemente sabía que uno tiene que hacer lo mejor posible aquello que tiene en las manos. Ser un buen hijo, buen amigo, buen Legionario. Trabajar correctamente y cumplir nuestras obligaciones del mejor modo son el camino cierto para alcanzar, con el tiempo y el karma, otras tareas mayores y más importantes en el campo espiritual. Sabía sí, pero no conseguía asimilarlo. Algo interiormente pedía más.
Con la orientación Legionaria intenté disciplinar mis impaciencias basándome en consignas. Conocía bien aquél dictado de San Francisco de Asís: “Empieza haciendo lo necesario, luego lo posible, y pronto te verás haciendo lo imposible”. Sabía del refrán escuchado en la escuela: “La caridad empieza por casa”. Había repetido en mi cabeza hasta el cansancio la idea de “Mirar al cielo, pero con los pies firmes sobre el suelo”… Algunas personas no le dan demasiada importancia a estas expresiones, y sólo las ven como oraciones lindas dentro de libritos de autoayuda. Yo entendía que ellas guardaban un tesoro que podía oler, sentir, y hasta ver, pero que no podía hacerlo parte de mí. Era esa angustia la que desesperaba mi corazón, y sabemos que el sufrimiento es el peor camino para alcanzar la paz.
Como dato curioso, las personas que me conocen y me conocieron en diferentes círculos saben que soy muy afecto a las frases, dictados, consignas y refranes. Guardo con especial cariño el apodo de Vieja Fufurufa, “Fuf”, “Sacerdote” y otros similares que traían a la mente la imagen de ancianos deslenguados y dicharacheros.
En fin. El tiempo pasó y con ello las respuestas llegaron.
LA IMPACIENCIA Y LA AUTOLIMITACIÓN
Las experiencias van llegando con el transcurrir de los años. No a todos claro, les llega el aprendizaje del mismo modo. Así como un muchacho obediente a los consejos de su padre aprende más rápido, así también quien procura respuestas con ahínco las encuentra más intensa y velozmente, pudiendo extraer el provecho de ellas en la juventud y no necesariamente en la vejez.
Relacionado a esto, recuerdo ahora que en la Biblia dice algo como “Buscad y hallaréis”, “pedid y se os dará”; todas envolviendo el mismo sentido. Quien se afana en encontrar respuestas trascendentes, es destinado según su esfuerzo a encontrarlas en el mismo vivir. Gracias a Dios, dos respuestas me atravesaron como flechas alguna tarde veraniega frente al mar: La paciencia es básica para aprender a caminar. Y caminar es preciso para aprender a volar.
Es pues, que noté que al aumentar la edad la impaciencia crece en la mayoría de personas. El sistema desgastante en que vivimos -y la sensación de que se envejece rapido demás según los patrones actuales que idolatran la belleza de la juventud- nos alejan de un posible sendero interior. Entonces la sensación de ir contra el reloj nos somete al desespero frustrante del no poder. Sin embargo, somos nosotros quien vamos directamente a la boca del lobo.
Cuando alguien se autolimita, no atraviesa sus barreras aún cuando sus capacidades sean suficientes. Un niño pasa gran parte de su tiempo diciendo “cuando sea grande...”, y no tiene sobre sus espaldas el peso del no poder, pues siente el resto de su vida como una posibilidad al infinito. Tiene la capacidad de creer que puede ser un astronauta que llegará a la luna o que cuidará de la tierra ayudando a la ecología. Siente que puede ayudar a cambiar el mundo si así lo desea, pues a diferencia de los adultos, es completo dueño de su voluntad.
Frente a este concepto, muchas personas responden: “un niño piensa eso porque no conoce la realidad dura de la vida, y porque aún tiene muchos años por el frente”. Argumento que podría ser válido si no fuese porque son los mismos adultos quienes eligen colocar un techo sobre sus cabezas, tapando el increíble cielo abierto de posibilidades que ofrece el sólo hecho de estar vivo.
Empezar por creer que con 25, 50 o 70 años aún se es joven y que se puede continuar creciendo hasta alcanzar lo que realmente deseamos no es solamente idealista, es lo más correcto para asegurar una vida plena y feliz. Todos podemos continuar diciendo “cuando sea grande...” hasta el final de nuestros días, pues para “ser grande”, para “crecer” nadie colocó una fecha marcada, una edad límite que nos impida avanzar.
Es esa angustia la que durante tantos años me impedía ver con claridad. Al convertirme en ciudadano e ir de cara con las responsabilidades que ser adulto acarrea, fui presa del estrés interior que acabo de describir. Compararse con personas que a corta edad obtienen logros meritorios (y no hablo sólo de las mega estrellas comerciales que son mayoritariamente explotadas), además de hacernos sentir agobiados, nos hace perder el sentido de lo que nosotros mismos somos. Bien dice el Desiderata: “No te compares con otros, pues te volverás vano y amargado ya que siempre existirán mejores y peores que tú”.
VIENDO CON CLARIDAD
He hablado sobre el desespero interior generado por autolimitarnos y sentir que se nos pasa la vida. Adquirir la paciencia para ver las cosas en su verdadera dimensión, no limitarnos y tomar fuerzas para continuar el camino que queremos es una tarea mental, ya que tenemos que quebrar nuestros esquemas y reposicionar nuestros pensamientos frente a una sociedad que te grita por todos lados que el éxito está basado en el aspecto físico, en las cuentas en el banco, en el buen empleo, o en el carro del año. Es importante dejar claro como el agua que el beneficio material no es errado, ya que si las riquezas no han sido obtenidas con abuso y falta de ética, resultan como consecuencia natural de luchar por lo que se quiere. También es propicio aclarar que se entiende como beneficio material a la capacidad de vivir sin mayores preocupaciones económicas, satisfaciendo las necesidades básicas de comer, vestir, y educarse.
El título de este artículo es exactamente el pensamiento que apareció como mariposa en jardín sereno cuando me libré del techo sobre mi cabeza. Cuando descubrí que podía continuar diciendo: “Cuando sea grande...”. Cuando la desesperación no podía hacer más mella en mí al descubrir que una derrota comienza por acreditar en ella.
PARA ALCANZAR EL CIELO, EL SUELO ES PRECISO
Libre de la desesperación a la que el mundo nos acostumbra, uno obtiene confianza y seguridad en el futuro. La metáfora del suelo y el cielo se torna más clara, pues el tiempo está de nuestra parte: Aprendemos a sostenernos en dos pies cuando niño, y vamos adquiririendo equilibrio a pesar de las múltiples caídas. Poco después estamos caminando y después corriendo. Sólo cuando se es realmente expertos en el arte de andar firme sobre dos piernas es que podemos dar saltos enormes, que equivalen a volar.
El suelo, o el mundo en el que nos desarrollamos es el campo de acción que precisamos para aprender a volar. Si no sabemos tomar impulso en la realidad que nos tocó vivir, nunca podremos alcanzar un destino trascendente. Nuestra vida cotidiana, aunque gris y cansada, es la perfecta oportunidad para elevarnos al infinito.
Entender que las cosas del día a día son necesarias para alcanzar la estrella más brillante apartó la frustración que me inmovilizaba. Entender que el tiempo y el futuro están de nuestra parte cuando eliminamos nuestros propios límites me ofreció serenidad y confianza. Entonces algo comenzó a nacer sin saberlo: un par de pequeñas alas que sé, algún día me llevarán al infinito.
Es pues, que voy entendiendo: las alas sólo nacen cuando se aprende a aceptar nuestro mundo como pista de despegue, como nuestro IMPULSO.
Es verdad, no importa la edad que tengamos para procurar por nuestras propias alas y echar a volar. Felicitaciones por tus reflexciones. Ayudan a encontrarse uno mismo.
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