Cuando estaba en la universidad llevando la carrera de Ciencias de la Comunicación, tuvimos durante varios ciclos el curso de redacción periodística. Para quienes entienden algo de la materia, no les será lejana la bendita pirámide invertida, el lead con sus: qué, quién, como, cuando, dónde, o los titulares con las subidas y bajadas.
Y del mismo modo que ahora, me enfrentaba al terrible enemigo de no saber cómo empezar un escrito. Creo que a la mayoría de personas les acontece esto y no solamente cuando se quiere dar nacimiento a una redacción: el problema se presenta también al iniciar el plano de una casa, declararse al novio o novia en cuestión, y hasta para conseguir el ánimo de hacer los ejercicios de rutina. El comienzo suele requerir de un chispazo fuerte, un impulso que empuje la maquinaria a despertar.
Para otros sin embargo, generar algo de la nada es un total placer. Pueden algunos individuos poseedores de esta envidiable capacidad ufanarse del privilegio de encontrar con poco esfuerzo, ya sea las palabras, las líneas o las ganas precisas para sentar los primeros ladrillos de una construcción, dejándonos a los otros con la baba en los labios de pura envidia. Envidia de la buena, sí señor!
Pero no olvidemos que en el cosmos todo es compensación. Dicen que Dios con una mano te da y con otra te quita, y esto es perfectamente aplicable a lo que acabamos de mencionar. Muchas de las personas con tino para los inicios, tienen luego la dificultad de sostener lo ya empezado. Otros, casi incapaces de empezar la carrera sobre el papel luego de 200 hojas arrugadas y lanzadas con furia al tacho de basura, una vez lograda la proeza, tienen llano el terreno para caminar sin prisas montando líneas sobre líneas como agua fluyente.
Tal vez no tenga una técnica perfecta para escribir. Con certeza varios de los que esto lean creerán encontrar errores en estos cortos párrafos y si mis amigos son, tengo la certeza que reirán cuando afirmo que “rajaran” sin piedad de lo que expreso, con lo que al fin, eso me haría reír a mí también por saber que tuvieron tiempo de llegar hasta aquí. Y es que la finalidad de esta primera comunicación contigo, que tal vez algún interés tienes en contar historias sobre el papel, es –como dice Shakira en su canción Inevitable- “…Siempre supe que es mejor cuando hay que hablar de dos, empezar por uno mismo…”.
Para muestra sólo un botón. Recuerdo una mañana en la sala de computadoras en la universidad. Ésta se ubicaba en el sótano de uno de los edificios de aulas y en pleno invierno limeño, la inclemencia del aire acondicionado nos dejaba a todos con los vellos erizados y la cara doliendo por el frío. Nuestro examen consistía en redactar una noticia con los datos recogidos por nosotros mismos días atrás. Yo encontré a Pedro, un niño que se ganaba la vida haciendo un infinidad de pequeños trabajillos y a quien había visto crecer durante los muchos años que vivió a la deriva por mi barrio., con las pautas que éste nos había marcado.
Imagina –además de la tensión por ver que el reloj avanzaba y mi página seguía en blanco- lo morado de mis dedos por no haber llevado abrigo ese día. Para entonces, tenía una chompa de lana azul que usaba seguido por el cariño que le tomé –lo cual me ganó el mote de “chompita azul” durante meses- y que por cosas del destino (del sueño diría yo) quedó olvidada en el bus en que me dirigí a la universidad esa mañana.
Así y con todo, casi tonteando, decidí dar con las primeras letras. Al no hallar una sola manera de ordenar mis pensamientos con los datos a reunir para escribir, simplemente busqué alejarme de la presión del momento. Del modo en que hubiera hablado con un amigo cercano, empecé con algo así: “El frío de esta mañana me entumece los dedos y frente a este computador, tengo una historia que contar. No tengo idea de cómo empezar a hablar de Pedro y su soledad cuando la soledad de mi mente sólo se compara al blanco de esta página. Y pensándolo bien, cuando se trata de noticias sobre la vida de personas anónimas, de pequeños héroes, uno espera algo grandioso e inspirador cuando la verdad es que los días de ellos pasan inadvertidos frente a nosotros, que cómodos en nuestras oficinas, aulas o casas, queremos creer que podemos entrar un momento en su cotidiano…”
Fue sencillamente, lo que nació de mi interior en ese momento. Describí cómo me sentía y automáticamente eso tiende a relacionarse con la idea que uno quiere manifestar. Luego claro, se arreglaron algunas cosas, se omitieron otras, pero la idea de integración con la historia que uno quiere contar quedó. Sin pensarlo, el texto discurrió solo y fácil, siendo grata mi sorpresa cuando luego el profesor –haciendo los pequeños ajustes necesarios- elogió ese escrito, feliz por saber que uno de sus alumnos poseía un estilo propio para redactar.
Y entonces aprendí varias cosas con la historia de Pedro: Uno, por más que aspire a la objetividad (si sigues el camino del periodismo, claro), no puedes alcanzarla plenamente porque el solo hecho de sacar palabras de nuestros labios ya imprime algo de nuestro parecer. Logremos entonces que nuestro parecer sea el más transparente, desprejuiciado y “open mind” posible. Dos, iniciar es fácil cuando empiezas a soltar tu mente, a describir lo que aconteció en ese momento o a decir lo que está pasando por tu cabeza. Al final, siempre tendrás que pulir, arreglar, borrar, corregir y/o borrar palabras. La idea surgirá pronta, ten certeza. Tres: Sé simplemente tú al escribir. Del modo más claro, sincero y propio que puedas hacerlo.
Finalmente, el redactar mejor es sólo cuestión de práctica. Usa oraciones completas sin abusar de los puntos ni las comas. No demasiado largas ni demasiado cortas, lo suficiente para expresar ideas que abran y cierren un concepto. Como decía Gabriel García Márquez, “…es preciso escribir para mantener la mano caliente…”
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