domingo, 16 de enero de 2011

LO DIFÍCIL DE EMPEZAR A ESCRIBIR


Cuando estaba en la universidad llevando la carrera de Ciencias de la Comunicación, tuvimos durante varios ciclos el curso de redacción periodística. Para quienes entienden algo de la materia, no les será lejana la bendita pirámide invertida, el lead con sus: qué, quién, como, cuando, dónde, o los titulares con las subidas y bajadas.
Y del mismo modo que ahora, me enfrentaba al terrible enemigo de no saber cómo empezar un escrito. Creo que a la mayoría de personas les acontece esto y no solamente cuando se quiere dar nacimiento a una redacción: el problema se presenta también al iniciar el plano de una casa, declararse al novio o novia en cuestión, y hasta para conseguir el ánimo de hacer los ejercicios de rutina. El comienzo suele requerir de un chispazo fuerte, un impulso que empuje la maquinaria a despertar.
Para otros sin embargo, generar algo de la nada es un total placer. Pueden algunos individuos poseedores de esta envidiable capacidad ufanarse del privilegio de encontrar con poco esfuerzo, ya sea las palabras, las líneas o las ganas precisas para sentar los primeros ladrillos de una construcción, dejándonos a los otros con la baba en los labios de pura envidia. Envidia de la buena, sí señor!
Pero no olvidemos que en el cosmos todo es compensación. Dicen que Dios con una mano te da y con otra te quita, y esto es perfectamente aplicable a lo que acabamos de mencionar. Muchas de las personas con tino para los inicios, tienen luego la dificultad de sostener lo ya empezado. Otros, casi incapaces de empezar la carrera sobre el papel luego de 200 hojas arrugadas y lanzadas con furia al tacho de basura, una vez lograda la proeza, tienen llano el terreno para caminar sin prisas montando líneas sobre líneas como agua fluyente.
Tal vez no tenga una técnica perfecta para escribir. Con certeza varios de los que esto lean creerán encontrar errores en estos cortos párrafos y si mis amigos son, tengo la certeza que reirán cuando afirmo que “rajaran” sin piedad de lo que expreso, con lo que al fin, eso me haría reír a mí también por saber que tuvieron tiempo de llegar hasta aquí. Y es que la finalidad de esta primera comunicación contigo, que tal vez algún interés tienes en contar historias sobre el papel, es –como dice Shakira en su canción Inevitable- “…Siempre supe que es mejor cuando hay que hablar de dos, empezar por uno mismo…”.
Para muestra sólo un botón. Recuerdo una mañana en la sala de computadoras en la universidad. Ésta se ubicaba en el sótano de uno de los edificios de aulas y en pleno invierno limeño, la inclemencia del aire acondicionado nos dejaba a todos con los vellos erizados y la cara doliendo por el frío. Nuestro examen consistía en redactar una noticia con los datos recogidos por nosotros mismos días atrás. Yo encontré a Pedro, un niño que se ganaba la vida haciendo un infinidad de pequeños trabajillos y a quien había visto crecer durante los muchos años que vivió a la deriva por mi barrio., con las pautas que éste nos había marcado.
Imagina –además de la tensión por ver que el reloj avanzaba y mi página seguía en blanco- lo morado de mis dedos por no haber llevado abrigo ese día. Para entonces, tenía una chompa de lana azul que usaba seguido por el cariño que le tomé –lo cual me ganó el mote de “chompita azul” durante meses- y que por cosas del destino (del sueño diría yo) quedó olvidada en el bus en que me dirigí a la universidad esa mañana.
Así y con todo, casi tonteando, decidí dar con las primeras letras. Al no hallar una sola manera de ordenar mis pensamientos con los datos a reunir para escribir, simplemente busqué alejarme de la presión del momento. Del modo en que hubiera hablado con un amigo cercano, empecé con algo así: “El frío de esta mañana me entumece los dedos y frente a este computador, tengo una historia que contar. No tengo idea de cómo empezar a hablar de Pedro y su soledad cuando la soledad de mi mente sólo se compara al blanco de esta página. Y pensándolo bien, cuando se trata de noticias sobre la vida de personas anónimas, de pequeños héroes, uno espera algo grandioso e inspirador cuando la verdad es que los días de ellos pasan inadvertidos frente a nosotros, que cómodos en nuestras oficinas, aulas o casas, queremos creer que podemos entrar un momento en su cotidiano…”
Fue sencillamente, lo que nació de mi interior en ese momento. Describí cómo me sentía y automáticamente eso tiende a relacionarse con la idea que uno quiere manifestar. Luego claro, se arreglaron algunas cosas, se omitieron otras, pero la idea de integración con la historia que uno quiere contar quedó. Sin pensarlo, el texto discurrió solo y fácil, siendo grata mi sorpresa cuando luego el profesor –haciendo los pequeños ajustes necesarios- elogió ese escrito, feliz por saber que uno de sus alumnos poseía un estilo propio para redactar.
Y entonces aprendí varias cosas con la historia de Pedro: Uno, por más que aspire a la objetividad (si sigues el camino del periodismo, claro), no puedes alcanzarla plenamente porque el solo hecho de sacar palabras de nuestros labios ya imprime algo de nuestro parecer. Logremos entonces que nuestro parecer sea el más transparente, desprejuiciado y “open mind” posible. Dos, iniciar es fácil cuando empiezas a soltar tu mente, a describir lo que aconteció en ese momento o a decir lo que está pasando por tu cabeza. Al final, siempre tendrás que pulir, arreglar, borrar, corregir y/o borrar palabras. La idea surgirá pronta, ten certeza. Tres: Sé simplemente tú al escribir. Del modo más claro, sincero y propio que puedas hacerlo.
Finalmente, el redactar mejor es sólo cuestión de práctica. Usa oraciones completas sin abusar de los puntos ni las comas. No demasiado largas ni demasiado cortas, lo suficiente para expresar ideas que abran y cierren un concepto. Como decía Gabriel García Márquez, “…es preciso escribir para mantener la mano caliente…”

PARA ALCANZAR EL CIELO, EL SUELO ES PRECISO


Definitivamente ya intenté muchas veces comenzar este texto. Sin embargo, a cada oportunidad en que me aventuraba a escribir unas pocas líneas, alguna falta de inspiración –o falta de palabras- me dejaba sin oxígeno para plasmar las ideas que fáciles, acostumbran llegar a mi cabeza en los momentos de tranquilidad, como mariposas que se detienen sobre las plantas en los días de poco viento.
No sé si todas las personas tienen la costumbre de analizar las circunstancias, las miradas, las lecturas. Ignoro si todos tienen el tiempo y la paciencia de ejercitar la mente tan cargada ya de innúmeros datos densos del día a día. Al menos, sé que muchos procuran evitar pensar, pues sus reflexiones están agitadas con preocupaciones económicas, familiares o personales.
Debo decir, ya que éste es un escrito más íntimo y personal, que el karma siempre sabe hacer lo mejor para cada uno. Recuerdo que durante mis años como miembro activo de Legión Azul, vivir a una enorme distancia de todo me hacía pasar horas en el ómnibus, tanto de ida y de venida, sin más compañía que el tránsito, el cansancio, y mis pensamientos. Así como cuando un estímulo sensorial es tan fuerte que el sentido envuelto se autobloquea para evitar daños, también yo me alejaba del mundo refugiándome en mis reflexiones. Reflexiones que partían de comparar las cosas simples del cotidiano acontecer con el conocimiento esotérico, que poco a poco iba calando en mí como un suero de reanimación.
En ese entonces abordé muchos asuntos en mis intensos debates interiores. Desde entender cómo una hormiga es igual a un ángel según uno de los principios del Kybalión hasta conciliar la teoría de la reencarnación con la resurrección de Cristo. Pasé a ver bajo otro cristal los relatos que mis abuelos contaban sobre sus encuentros con duendes y almas durante su infancia campesina en la sierra, y mi sensación de soledad, tantos años alimentada, fue disipándose a medida que conocía sobre el fenómeno índigo.
Tanto es así que me animé a crear un blog que se llamaba “Reflexiones en el Bús”. El título no deja de sonar gracioso para muchas personas, incluyéndome, pero creo que otro nombre no hubiera sido tan exacto como éste. Debo reconocer también, que aunque es un proyecto que quiero alimentar, la falta de tiempo para redactar con calma mayor cantidad de artículos ha hecho con que últimamente el site no tenga nada nuevo para ofrecer.
Pero volvamos a este momento. Ahora son otras situaciones y no vivo ya a enormes distancias de mi destino. Estoy al otro lado del continente y las ciudades aquí al norte de Río de Janeiro son pequeñas y más fáciles de transitar. Con todo, la necesidad de traer algo de las verdades fundamentales a la vida cotidiana se mantiene constante, dando lugar a nuevos, pequeños y felices descubrimientos que alegran el corazón y relajan la mente. Hoy, como un pequeño presente, quiero compartir la claridad con que vi respondidas una de mis enormes dudas. La respuesta obvia y fácil que en mi debilidad humana, no conseguía distinguir.

LA DUDA
Tal vez porque nací bajo el signo solar de escorpión –lo cual me confiere una naturaleza extremista, que busca morir para renacer-, tal vez por mi a veces poco flexible modo de pensar, es que no conseguía comprender cómo seguir un camino trascendente y espiritual sin dejar de cumplir mis obligaciones de cada día. Muchas veces tenía ganas de dejarlo todo y lanzarme a las calles a ayudar a otros en un intento desesperado de cambiar las cosas a mi alrededor, y en otros momentos las tareas diarias de la universidad o el trabajo me aturdían a tal punto en su monotonía, que no conseguía hacer nada correctamente.
Puede llamarse idealismo, falta de orientación, emotividad, impaciencia, soberbia o radicalismo, y probablemente era un poco de cada uno. Sin embargo, comparto en líneas estas experiencias por la certeza de que existen muchos otros que pasan por las mismas tormentas interiores. Escuchar a alguien que en medio del barullo encontró un poco de calma es siempre alentador.
Conscientemente sabía que uno tiene que hacer lo mejor posible aquello que tiene en las manos. Ser un buen hijo, buen amigo, buen Legionario. Trabajar correctamente y cumplir nuestras obligaciones del mejor modo son el camino cierto para alcanzar, con el tiempo y el karma, otras tareas mayores y más importantes en el campo espiritual. Sabía sí, pero no conseguía asimilarlo. Algo interiormente pedía más.
Con la orientación Legionaria intenté disciplinar mis impaciencias basándome en consignas. Conocía bien aquél dictado de San Francisco de Asís: “Empieza haciendo lo necesario, luego lo posible, y pronto te verás haciendo lo imposible”. Sabía del refrán escuchado en la escuela: “La caridad empieza por casa”. Había repetido en mi cabeza hasta el cansancio la idea de “Mirar al cielo, pero con los pies firmes sobre el suelo”… Algunas personas no le dan demasiada importancia a estas expresiones, y sólo las ven como oraciones lindas dentro de libritos de autoayuda. Yo entendía que ellas guardaban un tesoro que podía oler, sentir, y hasta ver, pero que no podía hacerlo parte de mí. Era esa angustia la que desesperaba mi corazón, y sabemos que el sufrimiento es el peor camino para alcanzar la paz.
Como dato curioso, las personas que me conocen y me conocieron en diferentes círculos saben que soy muy afecto a las frases, dictados, consignas y refranes. Guardo con especial cariño el apodo de Vieja Fufurufa, “Fuf”, “Sacerdote” y otros similares que traían a la mente la imagen de ancianos deslenguados y dicharacheros.
En fin. El tiempo pasó y con ello las respuestas llegaron.

LA IMPACIENCIA Y LA AUTOLIMITACIÓN
Las experiencias van llegando con el transcurrir de los años. No a todos claro, les llega el aprendizaje del mismo modo. Así como un muchacho obediente a los consejos de su padre aprende más rápido, así también quien procura respuestas con ahínco las encuentra más intensa y velozmente, pudiendo extraer el provecho de ellas en la juventud y no necesariamente en la vejez.
Relacionado a esto, recuerdo ahora que en la Biblia dice algo como “Buscad y hallaréis”, “pedid y se os dará”; todas envolviendo el mismo sentido. Quien se afana en encontrar respuestas trascendentes, es destinado según su esfuerzo a encontrarlas en el mismo vivir. Gracias a Dios, dos respuestas me atravesaron como flechas alguna tarde veraniega frente al mar: La paciencia es básica para aprender a caminar. Y caminar es preciso para aprender a volar.
Es pues, que noté que al aumentar la edad la impaciencia crece en la mayoría de personas. El sistema desgastante en que vivimos -y la sensación de que se envejece rapido demás según los patrones actuales que idolatran la belleza de la juventud- nos alejan de un posible sendero interior. Entonces la sensación de ir contra el reloj nos somete al desespero frustrante del no poder. Sin embargo, somos nosotros quien vamos directamente a la boca del lobo.
Cuando alguien se autolimita, no atraviesa sus barreras aún cuando sus capacidades sean suficientes. Un niño pasa gran parte de su tiempo diciendo “cuando sea grande...”, y no tiene sobre sus espaldas el peso del no poder, pues siente el resto de su vida como una posibilidad al infinito. Tiene la capacidad de creer que puede ser un astronauta que llegará a la luna o que cuidará de la tierra ayudando a la ecología. Siente que puede ayudar a cambiar el mundo si así lo desea, pues a diferencia de los adultos, es completo dueño de su voluntad.
Frente a este concepto, muchas personas responden: “un niño piensa eso porque no conoce la realidad dura de la vida, y porque aún tiene muchos años por el frente”. Argumento que podría ser válido si no fuese porque son los mismos adultos quienes eligen colocar un techo sobre sus cabezas, tapando el increíble cielo abierto de posibilidades que ofrece el sólo hecho de estar vivo.
Empezar por creer que con 25, 50 o 70 años aún se es joven y que se puede continuar creciendo hasta alcanzar lo que realmente deseamos no es solamente idealista, es lo más correcto para asegurar una vida plena y feliz. Todos podemos continuar diciendo “cuando sea grande...” hasta el final de nuestros días, pues para “ser grande”, para “crecer” nadie colocó una fecha marcada, una edad límite que nos impida avanzar.
Es esa angustia la que durante tantos años me impedía ver con claridad. Al convertirme en ciudadano e ir de cara con las responsabilidades que ser adulto acarrea, fui presa del estrés interior que acabo de describir. Compararse con personas que a corta edad obtienen logros meritorios (y no hablo sólo de las mega estrellas comerciales que son mayoritariamente explotadas), además de hacernos sentir agobiados, nos hace perder el sentido de lo que nosotros mismos somos. Bien dice el Desiderata: “No te compares con otros, pues te volverás vano y amargado ya que siempre existirán mejores y peores que tú”.

VIENDO CON CLARIDAD
He hablado sobre el desespero interior generado por autolimitarnos y sentir que se nos pasa la vida. Adquirir la paciencia para ver las cosas en su verdadera dimensión, no limitarnos y tomar fuerzas para continuar el camino que queremos es una tarea mental, ya que tenemos que quebrar nuestros esquemas y reposicionar nuestros pensamientos frente a una sociedad que te grita por todos lados que el éxito está basado en el aspecto físico, en las cuentas en el banco, en el buen empleo, o en el carro del año. Es importante dejar claro como el agua que el beneficio material no es errado, ya que si las riquezas no han sido obtenidas con abuso y falta de ética, resultan como consecuencia natural de luchar por lo que se quiere. También es propicio aclarar que se entiende como beneficio material a la capacidad de vivir sin mayores preocupaciones económicas, satisfaciendo las necesidades básicas de comer, vestir, y educarse.
El título de este artículo es exactamente el pensamiento que apareció como mariposa en jardín sereno cuando me libré del techo sobre mi cabeza. Cuando descubrí que podía continuar diciendo: “Cuando sea grande...”. Cuando la desesperación no podía hacer más mella en mí al descubrir que una derrota comienza por acreditar en ella.

PARA ALCANZAR EL CIELO, EL SUELO ES PRECISO
Libre de la desesperación a la que el mundo nos acostumbra, uno obtiene confianza y seguridad en el futuro. La metáfora del suelo y el cielo se torna más clara, pues el tiempo está de nuestra parte: Aprendemos a sostenernos en dos pies cuando niño,  y vamos adquiririendo equilibrio a pesar de las múltiples caídas. Poco después estamos caminando y después corriendo. Sólo cuando se es realmente expertos en el arte de andar firme sobre dos piernas es que podemos dar saltos enormes, que equivalen a volar.
El suelo, o el mundo en el que nos desarrollamos es el campo de acción que precisamos para aprender a volar. Si no sabemos tomar impulso en la realidad que nos tocó vivir, nunca podremos alcanzar un destino trascendente. Nuestra vida cotidiana, aunque gris y cansada, es la perfecta oportunidad para elevarnos al infinito.
Entender que las cosas del día a día son necesarias para alcanzar la estrella más brillante apartó la frustración que me inmovilizaba. Entender que el tiempo y el futuro están de nuestra parte cuando eliminamos nuestros propios límites me ofreció serenidad y confianza. Entonces algo comenzó a nacer sin saberlo: un par de pequeñas alas que sé, algún día me llevarán al infinito.
Es pues, que voy entendiendo: las alas sólo nacen cuando se aprende a aceptar nuestro mundo como pista de despegue, como nuestro IMPULSO.

martes, 21 de diciembre de 2010

EL UNICO. THE ONE.

Aprovecharé el breve espacio que tengo libre aquí en el trabajo para referirme al título de una canción que hace mucho tiempo no escuchaba.

Shakira es una de mis cantantes más queridas, e independiente de quien guste o no, “The One” (“El Único”) es una linda música que salió como sencillo de su primer álbum en inglés.

No es mi intención explayarme aquí como crítico de música o abanderado de tal o cual artista. Mucho menos pienso alabar o criticar géneros, estilos y modas que, habiendo tantas, son suficiente para satisfacer el gusto de cada quien.

Hoy sólo pretendo compartir, en esta tarde soleada, un pensamiento que se dibujó en mi mente al escuchar la parte final del estribillo de la mencionada canción (resaltada en negritas). Veamos:

...You're the one I need
My real life has just begun
Cause there's nothing like your smile made of sun

In a world full of strangers
You're the one I know...”

Intentando una traducción, sería posiblemente así:

...Tú eres el único que necesito
Mi vida real ha sólo empezado
porque no hay nada como tu sonrisa hecha de sol

En este mundo hecho de extraños,
tú eres el único que conozco...”

The one”, como es fácil de percibir, habla del modo en que una persona va enamorándose de otra y de cómo los hábitos cotidianos van transformándose para mejor con la motivación del romance. Nada de más, nada de menos... Sin embargo, con esa simple frase noté que al crecer podemos estar rodeados de muchas personas pero que conocemos muy poco de ellas.


ESTAMOS SOLOS PORQUE QUEREMOS -LAS CAUSAS-
Eso me hizo pensar que somos nosotros mismos quienes provocamos esta soledad. En plena era de las comunicaciones, es irónico que las personas se sientan más solas -razón por la cual sites de relacionamiento, comunidades virtuales y otras proliferan como palomitas de maíz-. Si analizamos las músicas, libros, piezas teatrales y demás manifestaciones culturales, parece todo resumirse a una depresión inadvertida, donde todos esperan encontrar un “angel guardián”: una media naranja que -como enfermero- aparezca para curar heridas y borrar penas pasadas.

En resumidas cuentas, las personas están más vacías y sin mucho que ofrecer. Vale la pena ver que entre las muchas razones que nos llevan al distanciamiento interior con los demás, pueden por lo menos citarse -básicamente- las siguientes:

  1. Cuando los individuos van desarrollándose y la edad llega, las responsabilidades y preocupaciones toman parte del tiempo disponible. Momentos antes dedicados a la observación del mundo interior -propio y ajeno-, son substituidos por el incesante ritmo del día a día que exige los sentidos volcados hacia el exterior y menos hacia el interior.

  1. Debido a las experiencias duras y/o negativas del crecer, nos volvemos más desconfiados al entorno y preservamos nuestro universo particular para unos pocos que, próximos, consideramos amigos. Excluimos así la gran masa restante bajo el rótulo de “conocidos” (de los cuales, en verdad, no conocemos casi nada).

  1. Finalmente, tenemos los prejuicios que, aprendidos o desarrollados, encasillan a los demás como una secuencia de defectos y características negativas, llevando a morir, poco a poco, nuestra confianza en la capacidad humana de mejorar (no está demás recordar las famosas frases de “perro viejo no aprende trucos nuevos”, “gallina que come huevo... aunque le quemen el pico”, y para rematar “árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”).


MUNDO DESOLADO -LAS CONSECUENCIAS-

Estas tres circunstancias (junto con las otras más que existen) son básicamente las generadoras de la depresión actual que circunda el mundo. Siguiendo el mismo orden, las consecuencias principales de cada punto expuesto serían:

  1. Por la falta de tiempo las personas viven intensamente agitadas, aumentando peligrosamente los casos de estrés y enfermedad tan comunes en estos tiempos. Se ha tergiversado el concepto de buena vida por cantidad de poder adquisitivo y lujos. Lamentablemente, quien se afana demasiado para conseguir status, dispone de muy poco tiempo y energía para disfrutarlos.

  1. Que las personas aprenden de la experiencia, es una cuestión natural que nos preserva de peligros. Sin embargo, transformar las experiencias duras en escudos impenetrables nos lleva a repetir -en un círculo sin fin- un comportamiento cerrado que nos aparta del maravilloso proceso de conocer el mundo a través de los otros. De allí que las personas sientan que llegan a un límite (o que dejan de crecer) cuando estas barreras se han asentado en sus conductas. Pensamos que la época de la infancia o que los amigos de la adolescencia son los mejores y más verdaderos amigos, y es verdad, porque en ese tiempo todos estábamos abiertos a cultivar amistades verdaderas. Somos nosotros mismos quienes detenemos el proceso cuando tenemos más edad.

  1. Definitivamente relacionada con el ítem anterior, los prejuicios son parte del mecanismo de defensa humanos. A nuestra coraza ya formada, le aumentamos el pésimo hábito de colocar sobre las espaldas de las personas características que pensamos poseen, pero que pocas veces confirmamos. Encajamos según perfiles -lo que podría hacer más fácil los relacionamientos- pero casi siempre notando los defectos de otros. Estamos más prontos para ver y resaltar lo que hace diferente, lo que separa, antes que percibir lo que une y es común entre todos. Si ponernos una armadura para protegernos del mundo nos distancia de otros, prejuzgar definitivamente corta todo lazo de confianza con el resto del mundo.
Las respuestas para mejorar nuestro relacionamiento con los demás dependen de cada uno. Básicamente, consiste en -habiendo detectado las causas que promueven la distancia- cambiar los malos hábitos por costumbres saludables, gradual y equilibradamente.


  1. Contra el estrés y la falta de tiempo

Si revisamos el primero de los ítems -aquél que nos habla de la falta de tiempo-, será obvio que difícilmente las personas encontrarán medios de dejar todas sus actividades para dedicarse a procesos de profunda interiorización (pues difícilmente soportarían un cambio tan radical). La necesidad de administrar mejor el tiempo es tan importante como la energía que debe dedicarse a cada actividad. Los primeros pasos para lograrlo podrían resumirse así en:

    • Romper esquemas mentales.- El primer paso -como mencionado ya en otros textos- para adquirir calma, es retirar de nuestra cabeza el pensamiento angustiante de que el éxito debe conseguirse a una temprana edad, pues de lo contrario se está condenado al fracaso. Que si pasamos de los veintipocos no podemos seguir estudiando, o que se es viejo demás para hacer tal o cual cosa. Con la medicina actual -se sabe- es posible vivir hasta los 120 años, y es importante para quien quiere vivir mucho cuidar de su cuerpo y su mente. Con cuarenta, cincuenta, ochenta, podemos seguir aprendiendo, creciendo, soñando. Quien se libera de esa presión, quien saca de su cabeza esa forma mental terrible, consigue una libertad de acción y una confianza en el futuro que no tiene igual. Y sólo depende de uno mismo.

    • Priorización de actividades.- Todo cambio precisa de esfuerzo. Es importante analizar y reconocer cuáles son las actividades que realmente podemos y debemos cumplir, respetando nuestras responsabilidades y nuestros descansos.

- Cantidad y calidad de tiempo.- La mayoría de personas dispone de pocos espacios libres para la familia, los amigos y/o la contemplación del mundo interior. Aprender a administrar el tiempo como un bien valioso, depositando la energía suficiente en cada actividad permitirá más momentos disponibles para aprovechar. No se debe confundir cantidad con calidad.

- Hacer lo que gustamos.- Las frases iniciales de un poema de la Madre Teresa de Calcuta dice: “Si sientes nostalgia de lo que te gustaba hacer, hazlo de nuevo: No vivas de fotografías amarillentas...” Si el trabajo no es precisamente una actividad de la que disfrutamos, podremos -aprendiendo a administrar el tiempo- dedicar los espacios libres a desarrollar hobbies y pasatiempos, o tal vez otros tipos de trabajo que nos alimenten interiormente y que, usualmente, nos integran a otras personas permitiéndonos cultivar amistades.

- Convivir con un mundo agitado.- Como no podemos huír de nuestras diarias actividades, es necesario un proceso de auto disciplina, donde aún desarrollando múltiples trabajos, mantengamos calma interior y serenidad. Es cuestión de hábito aprender a mantener la tranquilidad y evitar reacciones negativas tanto para otros, como para nosotros mismos.

  1. Contra las corazas y los escudos

    • Apertura.- Abrirnos sinceramente a nosotros mismos y a los demás, y sobre todo, procurar ese lado interior de los otros no es tarea fácil cuando las personas crecen. Eso que tan natural era en los años de la infancia y adolescencia se torna casi imposible en la adultez. Con temor de ser llamados de entrometidos o chismosos evitamos el contacto abierto con los demás, desconociendo, en la mayoría de los casos, que todos esperan ansiosos alguien que se muestre sincero y transparente en nuestro camino. Es hasta irónico, todos esperan personas simpáticas pero casi nadie se muestra dispuesto a serlo.

    • Equilibrio.- Ir con cuidado. Ser sincero no quiere decir exponer sin cuidado nuestra intimidad. Ser sincero es ser transparente en lo que se dice, sin segundas intenciones. Es preferible decir que no queremos hablar de un asunto porque podemos sentirnos incómodos, antes que inventar alguna excusa o peor, mentir. Si la verdad de nuestras palabras nos protege, no precisaremos de armaduras.

  1. Contra los prejuicios

  • Observación y escucha.- Las personas difícilmente se detienen a pensar en lo que van a decir. Reacciones inmediatas, muchas veces enérgicas, son confundidas con absoluta sinceridad y actitud directa. Peor aún, existe más voluntad de hablar que de escuchar. Recuerdo ahora una frase que una amiga mía siempre repite: “Tenemos dos orejas y una boca para escuchar más, y hablar menos”. El primer paso para evitar los prejuicios es no emitirlos. Quiero decir, no dictar un juicio sin antes observar, escuchar y analizar. El primer paso para controlar nuestra mente es controlar nuestra boca.

  • Tener criterio propio.- No necesariamente seguir lo que otros dicen o parcializarnos para un lado cuando los que hablan son nuestros amigos o familiares. Ejercer nuestro derecho de pensar y decir lo que sentimos con respeto, pero francamente, es parte de estar vivo. Se precisa de valentía para mantener nuestras posturas sin temor a lo que otros digan.

  • Respeto de las opiniones ajenas.- Todos conocemos la frase: Haz a otros como quieres que hagan contigo. Es una cuestión kármica. Si queremos respeto a nuestras opiniones (para no sentir el miedo de tener criterio personal), debemos empezar por respetar las opiniones de otros. Sobre todo, evitando los comentarios malintencionados y cargados de densidad, tanto en nosotros, como en otros. Cierto es que no podemos caer en papel de abanderados de moralidad, pues eso resulta cansativo y nos cierra puertas. Simplemente respetemos y cuando, no estemos de acuerdo en algo, digámoslo sincera y tranquilamente. Los prejuicios son un mal hábito que pueden ser reemplazados por el buen hábito de intentar pensar bien intencionadamente, pero con precaución.
Sin pretender ir en contra de la sabiduría de las generaciones del pasado considero que es muy posible hallar un equilibrio. Personas densas y mal intencionadas siempre van a existir, y andar exponiendo nuestro interior sin el más mínimo cuidado sería atentar contra nosotros mismos. Un pasaje bíblico bastante conocido dice claramente: “Sed inocentes como palomas y astutos como serpientes”: Consejo de Jesús para sus discípulos sobre cómo llevar el mensaje de amor por el mundo. Al final, no cuidar de nuestra integridad también es un gesto ingrato con quienes amamos.

Es pues, este equilibrio entender que todo extremo es negativo: Así como lanzarnos sin precaución a las olas agitadas del mundo, también es desolador continuar conociendo sólo la superficie de los otros y contentarnos con el habitual “Hola” que nos damos, si por acaso, nos cruzamos en la calle. Hagamos lo posible porque esos extraños que nos rodean en el mundo, comiencen a ser amigos nuestros.

Hola a todos, Bienvenidos!!!

Hola a todos! Buenos(as) días, tardes o noches, sea qual fuere la hora en la que entren a este blog. Mi nombre es Ernesto Elías, y aunque no me gustó mi nombre durante años, descubrí que -sabiendo su significado- es un nombre bastante bonito. Los amigos, y espero que quienes entren aquí se sientan como tales, pueden decirme Ernie, o Angelux -que fué un nick que hasta ahora uso-.

Tengo dos blogs, pero el primero que creé es éste. Curiosamente, nunca coloqué ni un solo artículo aunque mantuve varios escritos en la computadora. El título se explica de un modo bastante simple: En Lima, yo vivía en el distrito de Carabayllo, bastante lejos del centro. Mis actividades académicas y laborales se desenvolvían entre el Centro, Miraflores, Surquillo... Para los que viven a grandes distancias de sus lugares de trabajo no es novedad el tránsito, el cansancio, el aburrimiento y la bulla que se encuentran en todas las ciudades congestionadas del mundo (especialmente en la "hora punta", cuando todos salen y/o entran a sus destinos).

Hablando de mi otro blog (http://cieloindigo.blogspot.com), tuvo unos cuantos artículos entre pensamientos y poemas, que retiré para reeditar y colocar juntos después, incluyendo algunos otros inéditos. Creo que ya es tiempo para comenzar darle utilidad a este espacio que lleva el título de Reflexiones en el Bus justamente porque en esos largos viajes, conseguí aprovechar el tiempo para reflexionar sobre todo tipo de asuntos: desde las cosas más banales y absurdas, hasta de los hechos más curiosos y profundos que, observándolo bajo la luz de los conocimientos antiguos (compréndase principios metafísicos, filosóficos, etc) son más fáciles de comprender.

He hablado en estos párrafos en el tiempo pasado: estuve, trabajaba, desenvolvían. Esto, porque no vivo más en el Perú. Hace unos días se cumplieron dos años desde que vine al Brasil, donde vivo con mis padres y hermanos. Ellos ya habían venido varios años antes que yo, cuando yo tenía 18 años y comenzaba mi vida adulta. Pasado el tiempo, también sentí que era el momento de juntarme a ellos, como un paso más de los muchos que damos en el camino.

Sólo para darles la bienvenida, y con perdón de los que gusten o no del techno (eurodance), encontré ayer una canción que amaba. La letra es muy buena y  el título es We take the Chance, del dúo Modern Talking. Si alguien la quiere buscar o bajarla, se los recomiendo.

Sin más por ahora, bienvenidos! ^^