Aprovecharé el breve espacio que tengo libre aquí en el trabajo para referirme al título de una canción que hace mucho tiempo no escuchaba.
Shakira es una de mis cantantes más queridas, e independiente de quien guste o no, “The One” (“El Único”) es una linda música que salió como sencillo de su primer álbum en inglés.
No es mi intención explayarme aquí como crítico de música o abanderado de tal o cual artista. Mucho menos pienso alabar o criticar géneros, estilos y modas que, habiendo tantas, son suficiente para satisfacer el gusto de cada quien.
Hoy sólo pretendo compartir, en esta tarde soleada, un pensamiento que se dibujó en mi mente al escuchar la parte final del estribillo de la mencionada canción (resaltada en negritas). Veamos:
“...You're the one I need
My real life has just begun
Cause there's nothing like your smile made of sun
In a world full of strangers
You're the one I know...”
You're the one I know...”
Intentando una traducción, sería posiblemente así:
“...Tú eres el único que necesito
Mi vida real ha sólo empezado
porque no hay nada como tu sonrisa hecha de sol
En este mundo hecho de extraños,
tú eres el único que conozco...”
“The one”, como es fácil de percibir, habla del modo en que una persona va enamorándose de otra y de cómo los hábitos cotidianos van transformándose para mejor con la motivación del romance. Nada de más, nada de menos... Sin embargo, con esa simple frase noté que al crecer podemos estar rodeados de muchas personas pero que conocemos muy poco de ellas.
ESTAMOS SOLOS PORQUE QUEREMOS -LAS CAUSAS-
Eso me hizo pensar que somos nosotros mismos quienes provocamos esta soledad. En plena era de las comunicaciones, es irónico que las personas se sientan más solas -razón por la cual sites de relacionamiento, comunidades virtuales y otras proliferan como palomitas de maíz-. Si analizamos las músicas, libros, piezas teatrales y demás manifestaciones culturales, parece todo resumirse a una depresión inadvertida, donde todos esperan encontrar un “angel guardián”: una media naranja que -como enfermero- aparezca para curar heridas y borrar penas pasadas.
En resumidas cuentas, las personas están más vacías y sin mucho que ofrecer. Vale la pena ver que entre las muchas razones que nos llevan al distanciamiento interior con los demás, pueden por lo menos citarse -básicamente- las siguientes:
- Cuando los individuos van desarrollándose y la edad llega, las responsabilidades y preocupaciones toman parte del tiempo disponible. Momentos antes dedicados a la observación del mundo interior -propio y ajeno-, son substituidos por el incesante ritmo del día a día que exige los sentidos volcados hacia el exterior y menos hacia el interior.
- Debido a las experiencias duras y/o negativas del crecer, nos volvemos más desconfiados al entorno y preservamos nuestro universo particular para unos pocos que, próximos, consideramos amigos. Excluimos así la gran masa restante bajo el rótulo de “conocidos” (de los cuales, en verdad, no conocemos casi nada).
- Finalmente, tenemos los prejuicios que, aprendidos o desarrollados, encasillan a los demás como una secuencia de defectos y características negativas, llevando a morir, poco a poco, nuestra confianza en la capacidad humana de mejorar (no está demás recordar las famosas frases de “perro viejo no aprende trucos nuevos”, “gallina que come huevo... aunque le quemen el pico”, y para rematar “árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”).
MUNDO DESOLADO -LAS CONSECUENCIAS-
Estas tres circunstancias (junto con las otras más que existen) son básicamente las generadoras de la depresión actual que circunda el mundo. Siguiendo el mismo orden, las consecuencias principales de cada punto expuesto serían:
- Por la falta de tiempo las personas viven intensamente agitadas, aumentando peligrosamente los casos de estrés y enfermedad tan comunes en estos tiempos. Se ha tergiversado el concepto de buena vida por cantidad de poder adquisitivo y lujos. Lamentablemente, quien se afana demasiado para conseguir status, dispone de muy poco tiempo y energía para disfrutarlos.
- Que las personas aprenden de la experiencia, es una cuestión natural que nos preserva de peligros. Sin embargo, transformar las experiencias duras en escudos impenetrables nos lleva a repetir -en un círculo sin fin- un comportamiento cerrado que nos aparta del maravilloso proceso de conocer el mundo a través de los otros. De allí que las personas sientan que llegan a un límite (o que dejan de crecer) cuando estas barreras se han asentado en sus conductas. Pensamos que la época de la infancia o que los amigos de la adolescencia son los mejores y más verdaderos amigos, y es verdad, porque en ese tiempo todos estábamos abiertos a cultivar amistades verdaderas. Somos nosotros mismos quienes detenemos el proceso cuando tenemos más edad.
- Definitivamente relacionada con el ítem anterior, los prejuicios son parte del mecanismo de defensa humanos. A nuestra coraza ya formada, le aumentamos el pésimo hábito de colocar sobre las espaldas de las personas características que pensamos poseen, pero que pocas veces confirmamos. Encajamos según perfiles -lo que podría hacer más fácil los relacionamientos- pero casi siempre notando los defectos de otros. Estamos más prontos para ver y resaltar lo que hace diferente, lo que separa, antes que percibir lo que une y es común entre todos. Si ponernos una armadura para protegernos del mundo nos distancia de otros, prejuzgar definitivamente corta todo lazo de confianza con el resto del mundo.
Las respuestas para mejorar nuestro relacionamiento con los demás dependen de cada uno. Básicamente, consiste en -habiendo detectado las causas que promueven la distancia- cambiar los malos hábitos por costumbres saludables, gradual y equilibradamente.
- Contra el estrés y la falta de tiempo
Si revisamos el primero de los ítems -aquél que nos habla de la falta de tiempo-, será obvio que difícilmente las personas encontrarán medios de dejar todas sus actividades para dedicarse a procesos de profunda interiorización (pues difícilmente soportarían un cambio tan radical). La necesidad de administrar mejor el tiempo es tan importante como la energía que debe dedicarse a cada actividad. Los primeros pasos para lograrlo podrían resumirse así en:
- Romper esquemas mentales.- El primer paso -como mencionado ya en otros textos- para adquirir calma, es retirar de nuestra cabeza el pensamiento angustiante de que el éxito debe conseguirse a una temprana edad, pues de lo contrario se está condenado al fracaso. Que si pasamos de los veintipocos no podemos seguir estudiando, o que se es viejo demás para hacer tal o cual cosa. Con la medicina actual -se sabe- es posible vivir hasta los 120 años, y es importante para quien quiere vivir mucho cuidar de su cuerpo y su mente. Con cuarenta, cincuenta, ochenta, podemos seguir aprendiendo, creciendo, soñando. Quien se libera de esa presión, quien saca de su cabeza esa forma mental terrible, consigue una libertad de acción y una confianza en el futuro que no tiene igual. Y sólo depende de uno mismo.
- Priorización de actividades.- Todo cambio precisa de esfuerzo. Es importante analizar y reconocer cuáles son las actividades que realmente podemos y debemos cumplir, respetando nuestras responsabilidades y nuestros descansos.
- Cantidad y calidad de tiempo.- La mayoría de personas dispone de pocos espacios libres para la familia, los amigos y/o la contemplación del mundo interior. Aprender a administrar el tiempo como un bien valioso, depositando la energía suficiente en cada actividad permitirá más momentos disponibles para aprovechar. No se debe confundir cantidad con calidad.
- Hacer lo que gustamos.- Las frases iniciales de un poema de la Madre Teresa de Calcuta dice: “Si sientes nostalgia de lo que te gustaba hacer, hazlo de nuevo: No vivas de fotografías amarillentas...” Si el trabajo no es precisamente una actividad de la que disfrutamos, podremos -aprendiendo a administrar el tiempo- dedicar los espacios libres a desarrollar hobbies y pasatiempos, o tal vez otros tipos de trabajo que nos alimenten interiormente y que, usualmente, nos integran a otras personas permitiéndonos cultivar amistades.
- Convivir con un mundo agitado.- Como no podemos huír de nuestras diarias actividades, es necesario un proceso de auto disciplina, donde aún desarrollando múltiples trabajos, mantengamos calma interior y serenidad. Es cuestión de hábito aprender a mantener la tranquilidad y evitar reacciones negativas tanto para otros, como para nosotros mismos.
- Contra las corazas y los escudos
- Apertura.- Abrirnos sinceramente a nosotros mismos y a los demás, y sobre todo, procurar ese lado interior de los otros no es tarea fácil cuando las personas crecen. Eso que tan natural era en los años de la infancia y adolescencia se torna casi imposible en la adultez. Con temor de ser llamados de entrometidos o chismosos evitamos el contacto abierto con los demás, desconociendo, en la mayoría de los casos, que todos esperan ansiosos alguien que se muestre sincero y transparente en nuestro camino. Es hasta irónico, todos esperan personas simpáticas pero casi nadie se muestra dispuesto a serlo.
- Equilibrio.- Ir con cuidado. Ser sincero no quiere decir exponer sin cuidado nuestra intimidad. Ser sincero es ser transparente en lo que se dice, sin segundas intenciones. Es preferible decir que no queremos hablar de un asunto porque podemos sentirnos incómodos, antes que inventar alguna excusa o peor, mentir. Si la verdad de nuestras palabras nos protege, no precisaremos de armaduras.
- Contra los prejuicios
- Observación y escucha.- Las personas difícilmente se detienen a pensar en lo que van a decir. Reacciones inmediatas, muchas veces enérgicas, son confundidas con absoluta sinceridad y actitud directa. Peor aún, existe más voluntad de hablar que de escuchar. Recuerdo ahora una frase que una amiga mía siempre repite: “Tenemos dos orejas y una boca para escuchar más, y hablar menos”. El primer paso para evitar los prejuicios es no emitirlos. Quiero decir, no dictar un juicio sin antes observar, escuchar y analizar. El primer paso para controlar nuestra mente es controlar nuestra boca.
- Tener criterio propio.- No necesariamente seguir lo que otros dicen o parcializarnos para un lado cuando los que hablan son nuestros amigos o familiares. Ejercer nuestro derecho de pensar y decir lo que sentimos con respeto, pero francamente, es parte de estar vivo. Se precisa de valentía para mantener nuestras posturas sin temor a lo que otros digan.
- Respeto de las opiniones ajenas.- Todos conocemos la frase: Haz a otros como quieres que hagan contigo. Es una cuestión kármica. Si queremos respeto a nuestras opiniones (para no sentir el miedo de tener criterio personal), debemos empezar por respetar las opiniones de otros. Sobre todo, evitando los comentarios malintencionados y cargados de densidad, tanto en nosotros, como en otros. Cierto es que no podemos caer en papel de abanderados de moralidad, pues eso resulta cansativo y nos cierra puertas. Simplemente respetemos y cuando, no estemos de acuerdo en algo, digámoslo sincera y tranquilamente. Los prejuicios son un mal hábito que pueden ser reemplazados por el buen hábito de intentar pensar bien intencionadamente, pero con precaución.
Sin pretender ir en contra de la sabiduría de las generaciones del pasado considero que es muy posible hallar un equilibrio. Personas densas y mal intencionadas siempre van a existir, y andar exponiendo nuestro interior sin el más mínimo cuidado sería atentar contra nosotros mismos. Un pasaje bíblico bastante conocido dice claramente: “Sed inocentes como palomas y astutos como serpientes”: Consejo de Jesús para sus discípulos sobre cómo llevar el mensaje de amor por el mundo. Al final, no cuidar de nuestra integridad también es un gesto ingrato con quienes amamos.
Es pues, este equilibrio entender que todo extremo es negativo: Así como lanzarnos sin precaución a las olas agitadas del mundo, también es desolador continuar conociendo sólo la superficie de los otros y contentarnos con el habitual “Hola” que nos damos, si por acaso, nos cruzamos en la calle. Hagamos lo posible porque esos extraños que nos rodean en el mundo, comiencen a ser amigos nuestros.